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Mario Conde inspira una nueva miniserie

Mario Conde inspira una nueva miniserie

Mario Conde parece que sigue siendo un personaje de lo más "interesante" para los medios y es que tras publicarse el año pasado su libro, Memorias de un preso, ahora parece ser que éste ha dado pie a que vaya a realizarse una tv movie basada en este personaje.

Así Boomerang ha confirmado a El País que estaría preparando una tv movie basada en la historia de Mario Conde y de hecho él mismo se encontraría colaborando en el guión de esta nueva ficción, de la que de momento desconocemos en qué canal se emitirá.

Por otro lado tampoco se ha desvelado qué actor dará vida a Conde aunque todos los rumores apuntan a que el elegido será Ramon Langa (conocido además por ser la "voz" de Bruce Willis en las películas que dobla).En la miniserie también aparecerán actores que representarán al Rey, al conde de Barcelona y al que fue jefe de la Casa del Rey Sabino Fernández Campo. Un papel importante en toda la historia contada por Mario Conde lo tendrá la que fue su esposa, Lourdes Arroyo.

Vía: Elpais

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  • Sergio Farras

    Mario Conde, de astuto banquero a monje arrepentido.

    El alma suele limpiarse en el retiro y en la contemplación más solitaria y separada del cuerpo. En una estrecha y oscura celda para meditar, mientras el espíritu puede subir a alturas inimaginables.

    El señor Mario Conde, que fue icono de algunos yuppies atontados de los noventa, se nos presenta ahora un tanto arcano y medio místico. De corte misántropo y de introversión afligida, limpiando su conciencia entre el arrepentimiento y el remordimiento que da la penitencia. Desguarnecido ya del poder que ostentó fastuoso. Y ahora desnudo de ambición y acogiéndose a la honorable llama que alumbra el arrepentimiento. Total, seiscientos mil millones de las antiguas pesetas no es para tanto. Ni tampoco para tomárselo como algo personal. Solo es dinero, vil metal, míseras monedas que cabrían en un cesto de sencillo mimbre, sin asa por donde poder cogerlo.

    El señor Conde, que ya hace algún tiempo que disfruta de su libertad de una condena cumplida. Vivió unos años entre callados muros carcelarios -ese fue su patíbulo-. Y tomado las debidas precauciones purgó su pena en un tálamo, sólo y desorientado. Y se ve -según nos cuenta desde su sencilla vida actual, ya no como necio, quizás ya como sabio- como descubrió la virtud que da la filosofía y el estoicismo de la soledad. Más de destierro obligado que de voluntaria clausura impuesta. Lo que sorprende, porque esto de filosofar no da dinero y tampoco es exorcio de banqueros y astutos mercaderes de almas de bronce.

    Cuando juicio… Ahora, Mario Conde ya no tiene ese porte de galán y conquistador de irresistible y encantadora aura de flecos imantados, ni tampoco la fiera mirada del Dragón de Cómodo, ni el sarcasmo de Grouxo March. Más bien su mirada es triste y melancólica. De un mirar hacia atrás para entender su actual y simple brevedad de su tiempo presente. Que ahora es de recuerdo como forma actual de su particular derrotero.

    Su condena fue ejemplar, en su momento, de una justicia que no le consintió la burla y la chirigota. Cometiendo la imprudencia de ofender al juez. Riéndose y haciendo sátira como si la justicia fuera sólo un festín para los ricos. Pues el delito no corre más peligro que contra quien lo practica. Y las diligencias van más ligeras cuando uno traspasa la línea de la roca donde se construye para acabar haciendo sombra triste y mustia a la luz de un candelabro.

    Don Mario fue un trabajador incansable, eso sí. Se levantaba con las del Alba, y sus neuronas ya estaban operativas cuando los demás mortales todavía dormíamos entre sueños de ceniza. Él no; él maquinaba desde su omnipotente despacho tretas y argucias, donde el banco era como su particular “Monopoly siendo él la banca y, los demás, simples fichas de sencillo e ingenuo parchís de toda la vida.

    Quizás su error más aberrante y disparate peor pensado fue cuando entró en tratos con aquel ambicioso y traidor avinagrado coronel del Cesid llamado Perote. Todos tenemos errores de esos que hacen mal o engordan. Hasta Descartes tuvo su error; el de separar el cuerpo de la mente con su tesis de que pensar es igual a ser, cuando se trata justamente de lo contrario. Lo malo es que hay errores demasiado hedonistas que no se pueden permitir. Pues el ego suele ser por antonomasia, el peor enemigo del hombre.

    Intentó chantajear al gobierno con información muy sensible que, probablemente, de ninguna de las maneras podría ver el sol. Como la rosa negra, de esas que pueden vomitar azufre sobre el estado. Intentando hacer uso del informe “Criollo” como presunta “arma” para invalidar la intervención de Banesto. Como si tuviera en su poder la “caja de pandora”, creyendo así que del aquelarre saldría inherente y que los truenos no le alcanzarían.

    Los años suelen sacar la verdad más pintoresca y engañosa. Ya lejos queda su etapa de brillante estudiante en Deusto donde hizo fama, historia y leyenda comerciando con sus apuntes a otros estudiantes menos aplicados y probablemente más cafres.
    Vendiendo antibióticos al por mayor – o sea, todos- fue su primer logro más sonado, especulativo y mercantil. Con el dinero ganado compraron un gran trozo de la tarta de Banesto. A los 39 años ya era presidente del banco y todos los españoles aprendimos que una OPA no era un derivado de hidrocarburos. Intentó fusiones y tratos con el viejo lobo de la banca más clásica y tradicional de la época; Alfonso Escámez. Pero éste, probablemente, lo debió de ver venir y no se fió de pelos engominados ni trajes de talle hechos a molde y de medida.

    Don Mario, a cada paso que daba le salían bastante bien las cosas. Y todos juntitos con los Albertos, las hermanas Koplowitz, y el “travieso” De la Rosa; aquél señor que se compró un parque de atracciones para él sólo. Fueron todos moda en el papel couché más deseado de los noventa. Una bacanal de delirios llevó a la “Jet Set” y demás vividores de aquellos años a embriagarse y arrimarse como sombras de esponjas de cuerpos opacos. Y sobre tanto festín del dinero fácil y de pelotazos desmedidos. Viendo como la codicia era prima de la avaricia, y sin sentir más culpa que aquél mercader de Venecia que vendió su vida por una libra de su carne.

    Su guiño a la política fue discreto, como algo nómada y de refilón. No convenciendo, probablemente, a los conservadores más escépticos. Pues debieron ver que con las cosas de comer no se juega y las manos contra más limpias, mejor, que luego van al pan.

    Todo esto, aparentemente, estaba muy bien y muy de moda. Pero un frío día del mes de diciembre, antes de Navidad, el Banco de España actuó como el verdugo, aplicando el “garrote vil” de la intervención más sonada con clarines de enjuiciadores togados. La espada de la justicia cayó con todo su peso, a plomo, sobre el astuto financiero, haciendo preso a el banquero de pelo engominado y repeinado. Qué, trémulo sobre su trono, acabó perdiendo todo lo ganado y su carrera convertida en un triste sollozo. Despidiéndose así; con un llanto de lástima y grima de la ebriedad mal entendida que puede dar el codicioso poder. Al final el trono desde donde regía se vio que era de blanda arcilla y no de sólido mármol, como suelen ser los de verdad. Quizás, de un barro mugriento y abyecto idéntico a sí mismo.

    Por la sed de la codicia acuden muchos a beber de su fontana, para embriagarse hasta enajenarse. Y con el calor que da la avaricia se fundieron los egos más ególatras. Eran tiempos donde manaban las monedas en frescos borbotones, de una hemorragia y borrachera a costa de las alforjas del equipaje de los clientes y accionistas del propio banco. Y que parecía que salía el dinero por el torrente del río de la opulencia. Acuchillada la humildad, despreciada la virtud de la modestia, pensando que la abundancia era Jauja para encerarse toda la vida. Desconociendo el ciudadano que la cosa tenía truco de prestidigitadores de manos sospechosas de algo. Y falsa fachada de papel mojado que acabó siendo fundida por el calor de la verdad.

    Probablemente Don Mario anduvo tanto que se paso de largo. Pensando, como aquél, que nunca le puede alcanzar la justicia. Siendo sus risas y desprecio a la justicia su sepelio como banquero y empresario. Pues si en otros con verdades más referentes de sendas imposibles se deben a los griegos, estos que especularon con conciencia cruenta pagaron con los pensamientos solitarios en umbríos aposentos. Para que pudieran reflexionar y se dieran cuenta de su necedad de avaricia, dejándolos ciegos en su codicia.

    Es virtud suave el dinero. Y el poder cruel enfermedad que puede descomponer el alma. Y, podrido de dinero hasta el tuétano, tampoco se ve que se alcanza la felicidad más platónica. Aquella que se anhela y que sólo es ficticia y adulterada por la irrealidad de los sueños de la usura y la avaricia.

    En el principio fue el ser, posteriormente el pensar; somos, luego pensamos. Ese fue el error de Descartes. El de Mario Conde, que lo cuente él algún día.

    Sergio Farras, escritor tremendista.